Nos inundan los noticiarios, las voces de la gente, los anuncios en las calles, pero nadie habla de lo verdaderamente importante, de aquellas cosas que se cree, de las que en realidad alimentan y sostienen el alma.
Se habla, por ejemplo, muy poco de Dios. Hasta los mismos creyentes parecen experimentar una especie de pudor y discuten sobre la jerarquía o el modo de celebrar la liturgia, pero rara, rarísima vez hablan de Dios, o de la vida de la Gracia, o de la oración. Se piensa que esas cosas son demasiado íntimas y se encierran en el interior del alma y jamás se habla de ellas.
Pero esto ocurre en todos los campos. Si pensamos, por ejemplo, en nuestros jóvenes, que raramente cuentan qué es lo que verdaderamente sostiene sus vidas, o cuáles son sus ilusiones o ideales… Se habla, sí, del partido de fútbol o de la última película, pero no de lo que ilumina nuestra existencia.
Menos se habla aún de temas como la muerte, el sentido profundo del dolor, etc.
Surge así una especie de respeto humano, de pudor, una idea de que es más caritativo no tocar ciertos temas, de que, en bien de la paz y del respeto de las opiniones de los demás, es mejor que no afloren cuestiones en las que podríamos no estar de acuerdo. Y el resultado final es el silencio sobre aquellas cosas que todos reconocemos que son verdaderamente importantes.
¿Y por qué ocurre esto? Guitton opina que la causa está en “en el peso de lo que se llama opinión”. Y es cierto, lo que pesa y gravita sobre muchas conciencias es precisamente el “que dirán”. De ahí que haya una especie de obsesión por “ser como todos”, por no ser considerado “un bicho raro”. Y si nos preguntan: “¿Tú eres creyente?”, contestamos “Si, pero no un beato”. Es decir: lo afirmamos, pero señalamos enseguida la rebaja, no nos vayan a considerar “demasiado creyentes”.
Y lo mismo ocurre en mil problemas de la vida: creemos en el amor, pero no demasiado; y en el trabajo, pero no mucho; y en la política, pero poco. Y, entonces, se procura hablar de todo sin hablar de nada.
Y el gran problema es que todas aquellas cosas que no se conviven, que no se comparten, van de a poco muriendo o desapareciendo. De ahí que la necesidad de perder los miedos y hablar de lo que sostiene nuestra alma.