Como sucedió hace veinte años con Karol Wojtyla, el santo Papa fallecido en la vigilia del Domingo de la Divina Misericordia, lo mismo sucedió con Jorge Mario Bergoglio, el Papa que recibió su último adiós en la vigilia del mismo domingo: un ataúd de madera en la plaza de San Pedro y el viento que acariciaba las hojas del Evangelio.
El privilegio de poder estar allí, mi despedida personal, en un sábado soleado, fue un momento de tantos sentimientos encontrados, intensa y compartida con el Pueblo de Dios que lo había abrazado el Domingo de Pascua, su última vez en aquella plaza que él tanto amó y en esa recta final de su camino terreno.
Y en torno a él, no solo los potentes de la tierra; también miles de peregrinos y de jóvenes con motivo del Jubileo de los Adolescentes. Todos a su alrededor, unidos para dar el último adiós a un Pastor que fue siempre fiel al Evangelio de Cristo, que no hizo otra cosa que predicar la fraternidad y su no a la guerra, que siempre deja el mundo peor de lo que era antes, como solía decir…
El Papa Francisco siempre quiso que la Iglesia fuese una casa para todos y con sus puertas siempre abiertas, ya que nada ni nadie puede separarnos del amor de Dios, que siempre está con sus brazos abiertos para acogernos, sea cual sea nuestra condición, priorizando a los últimos, a los pobres, a los pecadores. Los mismos que lo acogieron en las puertas de Santa María la Mayor antes de su sepultura y de su última mirada a María Salus Populi Romani.
Nuestro afecto por él no debe quedar en una simple emoción del momento, y debemos acoger su legado y convertirlo en una vida vivida.
El Papa Francisco ha sido un testigo luminoso de una Iglesia que se inclina con ternura hacia quien esté herido y cura con el bálsamo de la misericordia.
A nosotros, aquí abajo, el Papa Francisco nos extiende su brazo desde el Cielo, y que María sostenga el alma de la humanidad en la paz y la fraternidad.