Hasta hoy, la fe de los cristianos se basa en aquel anuncio, en el testimonio de aquellas personas que vieron primero la piedra removida y el sepulcro vacío, después a los mensajeros que atestiguaban que Jesús, el Crucificado, había resucitado; y luego, a Él mismo, el Maestro y Señor, vivo y tangible, que se aparece a María Magdalena, a los discípulos de Emaús y, finalmente, a los once reunidos en el Cenáculo.
La resurrección de Cristo no es fruto de una especulación, de una experiencia mística. Es un acontecimiento que sobrepasa la historia, pero que sucede en ella dejando una huella indeleble, donde la luz que deslumbró a los guardias encargados de vigilar el sepulcro de Jesús ha atravesado el tiempo y la historia, rompiendo las tinieblas de la muerte y trayendo al mundo el esplendor de Dios, de la Verdad y del Bien.
El aleluya pascual muchas veces contrasta todavía con los lamentos y el clamor que provienen de tantas situaciones dolorosas: la miseria, el hambre, las enfermedades, la guerra… Y, sin embargo, Cristo ha muerto y resucitado precisamente por esto. Ha muerto a causa de nuestros pecados de hoy, y ha resucitado también para redimir nuestra historia de hoy, ya que nuestra humanidad herida necesita de reconciliación y paz, siendo solo a través de las heridas de Cristo resucitado que podremos ver con ojos de esperanza estos males que nos afligen.
Queridos hermanos, que la luz de la resurrección ilumine vuestras vidas y convierta nuestros corazones, haciéndonos conscientes del valor de toda vida humana, que debe ser acogida, protegida y amada.
¡Feliz pasqua a todos!