En el siglo XIV se refuerza la solemnidad, que desde entonces tendrá dos actos fundamentales: la Eucaristía y la Procesión. En el concilio de Viena del 1311, el papa dio una serie de normas para el cortejo que acompañaría al Señor en la procesión dentro de los templos, y anos mas tarde, Juan XXII introdujo la Octava del Corpus con la Exposición del Santísimo Sacramento incluida. Será el primero de los Papas renacentistas, Nicolás V, el primero en establecer que la Hostia Santa saliera en procesión por las calles de Roma en la fiesta del Corpus del año 1447.
Finalmente, el Concilio de Trento declara que muy piadosa y religiosamente fue introducida en la Iglesia de Dios la costumbre, que todos los anos, determinado día festivo, se celebre esta fiesta con singular veneración y solemnidad para el mundo cristiano.
El domingo 2 de junio, también nosotros como comunidad vivimos nuestro Corpus; fue una celebración verdaderamente especial y multilingüe, ¡con una iglesia viva!… a pesar del tiempo lluvioso que nos obligó a realizar todas las actividades dentro del templo.
Los monaguillos y los niños que recientemente celebraron sus primeras comuniones iban vestidos de túnicas blancas, sus rostros resplandecientes de pureza. Añadieron una dimensión conmovedora a la ceremonia, recordándonos la importancia de la inocencia y la fe en nuestra vida comunitaria.
El coro, compuesto por el organista y un grupo de niños, llenó la iglesia con sus voces angelicales. Sus cantos, acompañados por una banda de trompetas, crearon un ambiente de reverencia y celebración. La música se entrelazó con la liturgia, llevándonos más cerca del misterio de la Eucaristía.
Una procesión solemne marcó uno de los momentos más significativos de la Misa. Sacerdotes, niños y colaboradores pastorales caminaron juntos por el pasillo central de la iglesia, llevando a Cristo peregrinando entre su pueblo. La imagen de los niños, todos de blanco, caminando con solemnidad junto a los adultos, encapsuló la esencia de nuestra fe: una comunidad en camino, unida en la diversidad y guiada por el amor de Cristo.
La lluvia afuera parecía intensificar la sensación de refugio y comunión dentro de la iglesia. A pesar del mal tiempo, o quizás debido a él, la calidez y la unión de nuestras comunidades se sintieron aún más fuertes. Fue un recordatorio fuerte de que, sin importar las tempestades que enfrentemos en la vida, siempre encontraremos fortaleza y consuelo en nuestra fe y en la comunión con nuestros hermanos y hermanas.
Al concluir la Misa, me sentí profundamente agradecida por la riqueza de nuestra comunidad y la belleza de nuestra liturgia. Fue un día en el que verdaderamente vivimos el Cuerpo de Cristo, no solo en el sacramento, sino también en la unión de nuestros corazones y voces en alabanza.